lunes, 22 de abril de 2013

Punto de inflexión.

Cada día suena el despertador, te levantas, te vistes y te arreglas. Desayuno rápido y estás fuera de casa en apenas un cuarto de hora. Vuelves para comer y marchas de nuevo. A tu regreso para cenar estás cansada, con ganas de tumbarte en el sofá, a mesa puesta y sin tener que cocinar. Pero no es así. ¿Alguien tendrá que hacer la cena, no? Y así día tras día.

Las rutinas son buenas, o eso dicen. Pero cuando se convierten en algo demasiado monótono, ya pueden decir lo que quieran que es lo peor que hay en el mundo. Es entonces cuando empiezas a pensar, es entonces cuando surge la pregunta del millón: "¿Qué hago con mi vida?".

Para empezar, la vives. Con mayor o menor suerte, con mayor o menor intensidad, pero siempre a tu manera. Con tus manías, tus retos, tu afán de superación; pero también con alguna que otra caída, con decepciones, con pérdidas. Tú decides que es lo que más peso quieres que tenga, si las buenas vivencias o las malas, las caídas o los ascensos, las sonrisas o las lágrimas.

A lo mejor lo único que tienes que hacer para responder a esa pregunta es mirar a tu alrededor, a las personas cercanas, a todo lo que tienes. Los demás necesitan de ti igual que tú necesitas de ellos. Pueden ser el motivo de tu caída o una motivación en tu ascenso. Tu fuente de alegrías o tu causa de tristezas, la fuente de tu confianza o de tu decepción.

Cuando esas personas se ganan tu confianza es cuando más tienes que luchar por ellas. Si no luchas por ellas, si no las apoyas, si no le das tu mano o tu hombro, ¿para qué le das tu confianza? Puede que sean en un futuro las que te hagan pensar en qué haces con tu vida, las que te ayuden en ese pequeño punto de inflexión.

Y es entonces, cuando esa pequeña pausa, de alguna manera, te hace estar en lo más alto.

viernes, 12 de abril de 2013

¡Feliz cumpleaños papi!

Hoy hace 54 años, más o menos, porque la hora exacta no la sé, nació un niño en Barruecopardo. Le pusieron por nombre Salvador como su abuelo, que vivía con su familia en la casa del pequeño gran pueblo.

El bebé fue creciendo y creciendo, rodeado de un montón de personas, que le querían y le cuidaban lo mejor que podían, y de algunos animales que tenía en posesión su familia. A medida que se iba haciendo mayor, iba adquiriendo más destreza para cuidar de las vacas y ovejas que llevaba de un sitio para otro, a la vez que asistía a la escuela del pueblo. Incluso se levantaba muy temprano para cambiar el ganado de lugar antes de ir a la escuela.

Un día en la escuela, pasaron revisión médica a todos los niños y niñas que asistían a ella. Esta revisión tenía una prueba de visión, que constaba de dos partes: leer a una distancia determinada letras que se iban haciendo cada vez más pequeñas y leer un folio que el propio alumno sujetaba, en una lectura normal, como si de un dictado se tratase. Cuando le llegó el turno a él, el médico que supervisaba la revisión se dio cuenta de que nuestro niño necesitaba gafas, porque no veía muy bien de cerca. Desde ese momento, las lleva siempre consigo.

El niño creció hasta convertirse en un adolescente con su panda de amigos. Por esa época es cuando comenzaron a formarse las "peñas" en Barrueco y la pandilla a la que pertenecía Salvi no iba a ser de menos. ¡Cuántas veces me habrá dicho el motivo por el que se pusieron los nombres de cada uno en las camisetas! Es lo que tiene venir al pueblo solamente durante las fiestas mayores, que no te acuerdas del nombre de la gente.

Pero no siempre asistió a la escuela del pueblo. Se fue hasta Córdoba a estudiar durante un año, en el que sólo pudo ver a su familia durante las vacaciones de Navidad y Semana Santa. Aún recuerdo cómo mi abuela me contó una vez lo mal que lo pasaron ella y su hijo, Salvi, durante ese año. Aunque a primera vista parezca que fue una mala experiencia, en realidad ocurrió lo contrario: le abrió las puertas al mundo real, en el que él mismo se tuvo que buscar la vida sin ayuda de nadie. No fue solo a Córdoba, sin embargo, sino que le acompañaron un hermano mayor y otro chaval del pueblo. Aún así, Salvi era demasiado pequeño para estar prácticamente un año entero fuera del hogar.

Más tarde, acudió al instituto que se encontraba en un pueblo mayor que Barrueco, Vitigudino. Vivía allí durante la semana y volvía a su apreciado pueblo cuando no tenía clase.

Así se educó, estudiando día a día, dejándose la piel para que sus padres se sintieran orgullosos de él, sin llevarse una sola reprimenda por mal comportamiento en clase o una nota desagradable.

Terminado COU, decidió hacerse maestro y estudiar magisterio de matemáticas y ciencias naturales, siempre con una beca de la que se sentía, se siente y se sentirá orgulloso de haber mantenido a lo largo de toda su etapa en la universidad. Entre sus dos carreras (también hizo pedagogía) y diversos cursos, fue, como todos los jóvenes de su época, a la mili. Le tocó irse a Madrid, donde ya vivían algunos de sus hermanos, lo que le hizo más llevadera la estancia allí. Mientras estudiaba la segunda carrera, realizaba las prácticas de la primera que cursó.

Por esa época ya conocía a alguien especial, tanto para él como para mí. Por ese tiempo ya conocía a mi madre. Ella le ayudaba con los apuntes para que pudiese completar esa segunda carrera, que también ella cursó. Al acabarla, cada uno marchó a un lugar diferente, muy lejos el uno del otro, pero él iba a visitarla cuando podía.

Salva, porque en los colegios le llamaban y le llaman así, pasó unos años dando clases por la sierra de Francia (La Alberca, El Maíllo, Sotoserrano), Lumbrales, Vilvestre y Villarino de los Aires. Finalmente, le dieron como definitivo en Barruecopardo.

Mucho antes de que empezase a dar clase en su pueblo, allá por el año 92, se casó y, dos años más tarde, nació su primera hija. ¡No le dio uso a su réflex, qué va! La de álbumes y álbumes que habrá llenado con mis fotos y las de mis hermanos (a partir del 97 y del 2000 para ellos).

Aún tengo un vago recuerdo de andar entre losas levantadas en el patio de lo que ahora es nuestra casa, a la que nos mudamos cuando la enana Eva tenía dos añitos. ¡Cuánto esfuerzo, cuánto sacrificio puso mi padre para que llegase a estar como está hoy! Puedo verle colocando las baldosas en la parte de arriba de la cocina de fuera (como la llamamos nosotros), restaurando con esmero las herramientas de arar de su padre o, incluso, arreglando alguna tubería de nuestro baño, eso sin contar su última obra, inacabada.

No le quedaba nada para acabar...

Las fiesta de Barrueco de 2012 se habían acabado. Unas fiestas especiales, porque no todos los días tienes a una hija como dama y menos cuando estás tan preocupado de que todo salga bien, cuando estás henchido de orgullo al verla ahí subida, en ese escenario.Apenas un día después, sufrió un golpe de mala, malísima, suerte. La vida, más o menos, le había sonreído dentro de lo que es este desafío que todos vivimos. Un despiste, un pequeño segundo, y al suelo. Literalmente.

Apasionado ciclista. El dinero que se habrá gastado en comprarse unas buenas bicicletas de carretera. Tres van, a cada cual mejor, y no se comprará ninguna más, por desgracia.

Dichoso casco, valioso casco, providencial casco. Prudente hasta la médula, y nunca mejor dicho. ¡Qué bueno es, a veces, dejar las cosas a medias, incompletas! Lesión incompleta, bendita seas. Porque viendo en lo que podía haber quedado... Aunque no, no pasó y punto.

Se cayó y no se pudo levantar. En ese momento, no. Pero dile ahora que deje de andar que te manda a paseo. Sí sí, ¡que se pasa el día caminando! Parece que nunca se cansa.

Su fuerza de voluntad, sus ganas de recuperar todo lo que sea posible, su querer no defraudar a los demás. Sus ganas de que su familia esté orgulloso de él. Siempre ha sido así. Por eso, porque no sólo es que esté orgullosa de él, sino que nunca podría tener a alguien como él, quiero desearle un muy feliz cumpleaños.

Cada paso que des, es también un paso mío.
Cada vez que te acuerdes de mí, me habré acordado yo cien mil de ti.
Que cada vez que sonrías, me hagas sonreír a mí.
Que cada vez que luches, luches por mí al igual que yo lo hago por ti.

Porque eres el mejor padre del mundo y no va a haber caída, muletas o médula que eso lo impida. No sabes cuánto daría por estar a tu lado, donde sea que estés. Me da igual que sea Barrueco, Toledo, Salamanca o la Conchinchina.

El primer cumpleaños tuyo que me pierdo desde que nací. Que los kilómetros se hagan centímetros y que sean 400 centímetros los que me separen de ti en vez de 400 kilómetros.

TE QUIERO MUCHO PAPI. ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!


domingo, 3 de marzo de 2013

Nieve blanca.


Imagínate un folio, los pétalos de una margarita o las líneas continuas de una carretera. Se podría decir que no tienen nada en común, que son cosas diferentes, un objeto, una parte de una planta y una señalización en la carretera.

¿Qué tiene un folio? Nada. Blanco, esperando a que sea ensuciado, manchado, garabateado o, por qué no, arrugado sin haber escrito nada en él. Destrozado con rabia, canalizando todo lo que sientes por dentro, expulsándolo hacia el exterior.

Con una forma, diremos, peculiar, pero reconocible en cualquier lugar y por cualquier persona. ¿Quién no reconoce una margarita? Sus pétalos son los que la hacen tan conocida. ¿Color? Exacto. Blanco, color blanco. Pétalos blancos, pequeños, frágiles.

¿Y qué se puede decir de una línea? ¿Y si esta línea estuviera pintada en una carretera? Podría apostarme todo el oro del mundo a que lo primero que se viene a la cabeza cuando piensas en una línea de una carretera es una línea de color blanco, bien continua, bien discontinua. Pero blanca, recta, sin una pequeña vacilación, y siempre hacia delante.

Tres ínfimas piezas que forman parte del mundo con una sola similitud, con una sola cosa en común: el color. Porque la diferencia está en los pequeños detalles, en lo que no todo el mundo se fija. En el color blanco que, a veces, se presenta sin tener ningún motivo para aparecer, pero que explota con fuerza delante de nuestra frente e invade cada uno de nuestros pensamientos.

Y, de repente, es en lo único que piensas. Nieve blanca, pared blanca, sábana blanca. Todo en blanco.