viernes, 29 de junio de 2012

Recuerdos

El siguiente relato lo presenté a un concurso literario. Desgraciadamente, no he recibido noticia alguna por parte de la organización. Aún así, estoy satisfecha con él y espero que os guste:

"Ese sueño le había acompañado a lo largo de muchas noches, pero ahora era de día y estaba despierto, muy despierto. Mario no podía dejar de pensar en ello. Lo había logrado. Tenía delante de él un libro, su libro. Era el único ejemplar que quedaba de todos los publicados y lo tenía en sus manos. Las duras tapas doradas con bordes de color marrón le hacían suspirar. Y es que todo le recordaba a ella.

Abrió el libro. Pasó las primeras páginas, donde estaban escritos todos los nombres de quienes habían hecho posible su realización, hasta llegar a una página en blanco. En ella debería estar plasmada la dedicatoria de la novela, pero no había nada. Mario pensó que, quizás, era un error de imprenta.O eso quiso pensar. No podía imaginarse que no se acordase de él, de todo lo que habían pasado juntos: los atardeceres en la playa, el levantarse temprano para ver el sol salir detrás de las montañas… Mil y un recuerdos que no quería, ni podía, olvidar. Tenía que ser una equivocación, no podía ser verdad.


A pesar de esto y con una enorme sensación de tristeza, comenzó la lectura. Le encantaba cómo escribía. No había conocido -y estaba seguro de que no conocería- a nadie que enlazase tan bien cada frase, cada palabra. Las metáforas no podían ser mejores. Las imágenes se reproducían en su cabeza de una manera que nunca le había sucedido, parecía que las estaba viviendo en ese momento.


Imposible. No conocería a otra mejor que ella. Y no solo por su manera de escribir, sino por ser como era. Muchos fueron los que la conocieron por su alegría, sencillez y humildad, y eso era lo que la había hecho única.


Las lágrimas empezaron a asomarse en sus ojos. El recuerdo de su madre se hacía demasiado vivo y no podía soportar su ausencia."

martes, 22 de mayo de 2012

Un simple adverbio


Quizás. Un rayo de esperanza, un vestigio de posibilidad. Quizás es una palabra que te puede hacer ver el positivismo que en un momento determinado no tienes. Da cabida a un sinfín de opciones. Pueden ser malas, sí, pero también buenas.

Un “quizás venga mañana” en la boca de una persona importante te produce nerviosismo, te puede llegar a hacer estar incluso mal, angustiada. No ves la hora en que llegue el momento preciso en el que esa persona “quizás esté”. Pero todas esas malas sensaciones son superadas por la curiosidad, por saber si vendrá o no, por confiar en que, de verdad, venga.

Es entonces cuando imaginas que viene, que vuelve a estar a tu lado. Es entonces cuando sonríes pensando en la posibilidad de volver a hablarle, cara a cara, sin ningún instrumento de por medio, pudiendo ver cómo reacciona ante todo lo que dices.

En ese instante puedes imaginar todas sus quejas a lo que le cuentas, sus risas, y recuerdas sus mil y una anécdotas, graciosas, imposibles, curiosas. Puedes, incluso, saber las veces que mira al infinito, sin pensar en nada, con la mente en blanco. Y sonríes de nuevo.

Piensas en que, quizás, todo lo bueno está aún por llegar. Lo que puede provocar un simple adverbio.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Recompensa


Pulsa un botón. Empieza a funcionar, se pone en marcha. Poco a poco, va aumentando la velocidad y comienza a subir, por lo que la velocidad deja de aumentar. Seis, trece, veinte… todos esos metros recorridos cuesta arriba se superan apenas doce segundos después. Ahora viene la mejor parte. Empieza la bajada.
La velocidad sube, sube y sube. Los gritos de adrenalina se empiezan a escuchar. Y es que subirse a una montaña rusa es lo que te provoca. Adrenalina.

Es una comparación perfecta. ¿Por qué? Porque la vida es así, es igual que una montaña rusa.
La cuesta arriba empieza poco a poco. Primero tienes que superar esa enorme cuesta que parece que nunca acaba. Luchas, luchas y luchas. Con todas tus fuerzas. Pero el final, el éxito de tu fuerza por seguir ahí, no tiene recompensa. Hay decaídas. Tiras la toalla. Pero, a pesar de esto, algo en tu interior te hace continuar. Algo en tu interior te grita que eres fuerte, que nunca te has dado por vencida y que esta vez no va a ser menos que las otras. Y continúas, y luchas, y para que se acabe tu sufrimiento.

Parece. Lo rozas con la punta de los dedos. Te empiezas a encontrar mejor. Poco a poco. El miedo a una vuelta a la cuesta arriba sigue latente. Pero luchas, sigues luchando. Entonces, cuando menos te lo esperas, llega ese momento y todos los esquemas se rompen.

Por fin. No más sufrimiento. La lucha de días, de interminables días, ha dado su fruto. Y vuelves a ser tú misma. Vuelves a sentir que nada ni nadie te puede hundir.

Porque, al fin y al cabo, toda lucha tiene su recompensa.