sábado, 12 de octubre de 2013

Siempre aquí, conmigo.

“No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”. ¿Cuántas veces habremos escuchado esta frase? Cientos, quizá miles, de veces, pero siempre la oímos cuando aquello que queríamos, aquella persona, ya se ha marchado.

Entonces nos lamentamos de la cantidad de cosas que podríamos haber hecho con esa persona, la de risas que te podrías haber echado, los buenos momentos que quizás hubieses tenido, las fotos que te hubieras sacado para recordar aquel momento…

No damos la importancia que merecen a aquellos que nos rodean, hasta que un día se van, sin avisar, sin regresar nunca. A veces marchan porque quieren, porque no aguantan el estar a tu lado. Otras, sin embargo, se van sin querer y dejan un vacío tan, tan grande, que no merece la pena siquiera intentar buscar a alguien que le supla.

Cuando alguien se va de tu lado sin quererlo, el dolor que deja su marcha es indescriptible. Quizá con el paso del tiempo pueda llegar a curarse esa herida, quizá pueda cicatrizar, pero el tiempo que tarda en hacerlo es siempre demasiado largo. Unos refugian su dolor intentando no ver fotos ni vídeos ni escuchando alguna grabación de voz que pueda haber guardada. La sola “presencia” de esa persona es de un nivel tan doloroso que el simple hecho de “verla” te hace caer al suelo, te impide estar de pie.

Otros hacen de esas fotografías, de esos vídeos, de esas grabaciones, su bandera y se apoyan en ellas para continuar hacia delante, para saber seguir el camino sin esa persona. ¿Qué se les pasa por la cabeza para pensar eso? Cada uno tiene su propia respuesta, aunque pongo la mano en el fuego a que la mayoría de las respuestas coincidirían en una sola: “mientras alguien le recuerde siempre seguirá aquí con nosotros, y si ese alguien soy yo, siempre me acordaré de él/ella”.


No me preguntes cómo, pero sé que siempre estás aquí, conmigo. Cada día 12 te echo de menos y daría todo lo que fuera por volverte a dar un abrazo, con un solo abrazo más me basta.


“No necesito verte para saber que estás conmigo”.
“No necesito verte para saber que no te olvidaré”

viernes, 2 de agosto de 2013

Se aprende. Aprendes.

Es como un germen, una especie de parásito sin descubrir, un hongo maligno, un virus recién sacado del laboratorio, una enfermedad incurable, mil caballos salvajes galopando sin parar, millones de mosquitos revoloteando sin tener una víctima a la que atacar, un taladro haciendo un boquete en la pared a las cuatro de la mañana.

Cuando algo se te mete en la cabeza ya pueden venir millones y millones de personas a decirte que estás equivocado, que te da lo mismo. Hasta que no te das cuenta por ti mismo de que no estás en lo cierto, defiendes eso que crees con capa y espada, luchando por hacer ver a los demás que van por el camino incorrecto, que lo están haciendo mal, cuando en realidad eres tú el que no lo hace bien. Cuando eres tú el que intenta que los demás vean tu propio punto de vista y no lo consigues, cuando eres tú el que fracasa en el empeño para convencer al resto, es entonces cuando te planteas si eres tú el que está haciendo las cosas mal.

Primer golpe contra la pared. Algo no va bien y hay que encontrar un culpable. “Tiene que ser ese, fijo. Se dedica a hacerme la vida imposible, tiene que ser él el culpable de todo esto”. Buscas a ese culpable fuera, en una de esas personas que no te caen demasiado bien o en esa que ni siquiera conoces pero sospechas (inventas) que pone a todos en tu contra aún cuando no has cruzado una palabra con él.

Segundo golpe contra la pared. Ese que pensabas que te ponía verde a tus espaldas es una de las mejores personas que nunca llegarás a conocer por tu cabezonería (y mala imaginación). Sin saber cómo, empezáis a hablar y te hace ver su punto de vista ¡y le entiendes! Te ayuda en unos pocos días más que esos a los que llamabas “amigos”. Llamabas.

Tercer golpe contra la pared. Al cabo de unos pocos meses te das cuenta de lo equivocado que estabas, lo mal que te has portado con las personas que te rodean y, por fin, comprendes a quién nunca le importaste y a quién sí, a quién le importas y a quién no y a quién le importarás. Te das cuenta de que el que erraba eras tú. Es entonces cuando tienes que decidir qué hacer con tu vida a partir de este punto y con quién vas a contar. Un nuevo párrafo en tu vida.

Un error inicial te puede llevar a comprender muchas cosas de las que nunca podrías haber llegado a pensar que estabas equivocado, te ayuda a elegir a las personas, tus personas, que cuentas con los dedos de una mano y que te alientan a seguir, a seguir para remendar tu error.


Al fin y al cabo, de los errores se aprende. De los errores aprendes.

lunes, 29 de julio de 2013

En el término medio.

De igual manera que necesitamos estar rodeados de gente, también precisamos de la soledad. Esos preciados minutos, o incluso horas, que pasamos solos cada día nos hacen recapacitar sobre nosotros mismos, sobre qué hicimos, qué estamos haciendo o qué haremos.

No recuerdo el autor, pero lo que sí que me quedó grabado fueron las palabras “sociablemente insociable” o “insociablemente sociable”. “Socialmente insociable”. Esa frase nos define de una manera más precisa de lo que podemos llegar a darnos cuenta. “Insociablemente sociable”. Rodeado, pero con necesidad de soledad.

“Muy pocas personas, demasiada gente”. A veces, en los pequeños descansos, lo que necesitamos es a una esas personas que pueden ser contadas con los dedos de una sola mano. Una de esas personas que siempre ha estado ahí para escucharte, para decirte las cosas desde otro punto de vista y para hacerte ver que no todo es negro, que un bache no te puede hundir para siempre.

“Que no todo es blanco o negro, es del color que tú lo quieras pintar”. Los pequeños respiros nos hacen ver todo de otro color y nos hacen dejar los extremos, que nunca son buenos. No todo es oscuridad y tristeza, tampoco luz y felicidad. En la mezcla de los dos polos es donde se tiene que encontrar el bienestar, con cosas buenas para disfrutar, pero también malas de las que aprender y sufrir.

Si vivimos en un mundo en el que todo es muy bonito, todo de color de rosa, sin tristeza, miedo, angustia y mil cosas malas más, ¿qué será de nosotros cuando llegue un día en el que tengamos que llorar en vez de reír, de sufrir en vez de disfrutar? Hay que tocar los dos extremos para saber qué se siente en cada uno de ellos y saber actuar cuando nos pasen mejores o peores cosas, para responder lo mejor que podamos (y sepamos) a lo que ocurre en ese momento.

“En el término medio está la virtud”. De una u otra manera no se acaba buscando ni lo muy bueno ni lo muy malo, se acaba buscando (y, con suerte, encontrando) la mitad entre esos dos extremos.

Por todo esto, tenemos que tener nuestro espacio, saber sacar lo máximo de esos pequeños descansos y ser lo suficientemente inteligente, quizá valiente, para poner en práctica cada diminuta acción que pensemos o, incluso, corregir aquellas en las que estábamos equivocados.

Ni es bueno pasarse todo el día en casa sin hablar con nadie ni tampoco pasarse el día sin tener unos pocos minutos para ti mismo.

“Sociablemente insociable”, el término medio.